Licencia para escribir

Si el tiempo no dice las cosas que deja pasar...éstas aparecerán en un fulgor destellante de una mañana imprecisa. Si las cosas que pasan no son dichas por el tiempo...éstas gritarán en cada rincón de un lujar lejano, impensado. Por eso escribimos...por eso cantamos...todas mis personas en mi...para no olvidar...para perdonar...para no perder la libertad.

Por Sole

viernes, 23 de mayo de 2008

HORIZONTALES - VERTICALES

HORIZONTALES - VERTICALES

Tenía uno en cada rincón del caserón de Pasco, donde vivía solo hacía ya dos años; su amante y esposa lo había abandonado de manera abrupta.
Se negaba a deshacerse de ellos o guardarlos en el entrepiso, no sea que por las noches no concilie el sueño extrañándolos. No solo los acumulaba; todos los días jueves en lo de Isidro adquiría alguno nuevo. Y que feliz se lo veía caminar al volver a casa con uno bajo el brazo; salía con el termo y el mate al porche y exhibía su nueva adquisición con gran orgullo.
Pasaba incontables horas con ellos y los usaba hasta el hartazgo, les ponía nombres y los recordaba todos.
Abría la heladera para sacar la leche y que sorpresa al encontrar uno sobre el queso fresco, olvidaba la cena y lo sacaba con cuidado, exponerlo a semejante cambio de temperatura lo podría arruinar.
Al dar las once se duchaba con extrema rapidez, no quería perder ni un minuto de su valioso tiempo, ansiaba usarlos una vez más. Al recostarse encendía el velador, se ponía los lentes de ver y abría el cajón. Allí, sobre la foto más valiosa (él con el primero de ellos), había otro, y otra vez a dormirse tarde.
Sus vecinos no recordaban cuando había comenzado todo, desde siempre pensaban así al hombre del caserón, aún los habitantes más ancianos, quienes habían vivido toda su vida en Pasco.
Más de una vez, sus vecinas solteras intentaron acercarse. Le regalaban tortas, masitas, preparados alcohólicos. Él, aceptaba de mala gana pensando en aquel que lo esperaba sobre el sofá, estaba muy ocupado como para fijarse en ellas. Las mujeres desilusionadas lo visitaban tarde tras tarde, sin lograr acaparar su atención. Le tocaban el timbre, él las atendía y las escuchaba sin hacerles caso, pues en esos momentos observaba el jardín delantero ansiando usar aquel que se había escapado hacia el césped.
Los hombres de familia del lugar en varias ocasiones se acercaban hasta el caserón para invitarlo al fútbol o al asado del domingo; sin ademán de simpatía él negaba con la cabeza y les cerraba la puerta en la cara con apuro, no quería dejar a ninguno de ellos sin su atención incondicional.
Pasaban los meses y la situación no cambiaba para los vecinos de Pasco, el pánico lentamente se iba apoderando de ellos. Las primeras víctimas fueron las mujeres solteras, que con un dejo de frustración se convencieron de que al hombre del caserón lo había poseído una secta que castraba a sus miembros con el fin de que la especie humana, maldita por naturaleza, no se reprodujera. Los chismes tergiversados llegaron a los padres de familia del lugar, ellos aseguraban que el hombre actuaba de esa manera porque atacaría a todo el pueblo para lavarles el cerebro y hacerlos parte de esa secta mortal.
Entre todos los vecinos creció "La Comunidad Vecinal" que optaba por proteger y cuidar al buen ciudadano; y gracias a esta organización, nadie salía solo por las calles y las casas estaban vigiladas durante todo el día.
El miedo se propagó hasta llegar a los niños, no querían salir a jugar a la plaza y comentaban entre ellos que el hombre de la bolsa había llegado para llevarse a todos los malos alumnos. Entonces, se pasaban el día entero haciendo tareas y estudiando.
En la Iglesia del pueblo se dictaban conferencias acerca de la purificación del alma y el exorcismo. La actividad comercial relacionada con el esoterismo había crecido de forma abismal en los últimos meses.
Al llegarle la noticia a Isidro, no tuvo más remedio que cerrar el local hasta nuevo aviso. Y llegado el tercer jueves del cierre, el hombre del Caserón ya no podía soportar volver a casa sin uno nuevo, debía ser así, no podían las cosas cambiar. Desesperado, llorando y babeando se dirigió a la casa del mismo Isidro y con tres golpes hizo retumbar la puerta. Isidro un poco dormido y sin comprender lo que sucedía, abrió la puerta y grande fue su asombro cuando vio al diablo en persona llorando y babeando parado en su portal. Enseguida intentó cerrarle la puerta en la cara, pero el hombre del caserón fue más rápido, de un empujón derribo a Isidro y abrió la puerta de par en par. Semejante ruido hizo que los vecinos comunitarios asomaran por las ventanas. Al darse cuenta de la situación, fueron todos a casa de Isidro con palos, ollas, sartenes y cuchillos. En una mala pasada agresiva, el hombre del caserón quedo tirado en el suelo, apenas pudiendo hablar de lastimado que estaba.
Entre el griterío y el tumulto se hizo un silencio y los vecinos miraron al pobre hombre, tendido moribundo en el suelo, intentando hablar. Entonces callaron y escucharon lo último que el hombre diablo pudo decir:
- yo solo quería otro, quería otro crucigrama.-

Por Sole

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